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En vacaciones solemos
dedicar una parte de nuestro esparcimiento a fotografiar seres
queridos. La playa, el campo o la montaña, cualquiera sea el
sitio, constituyen un ideal marco y una buena fuente de
inspiración.
Las posibilidades de obtener retratos o fotos grupales en el
exterior son infinitas. Mas allá del entorno, los distintos
tipos de iluminación son una variable determinante a la hora
de mirar por el visor de la cámara.
Es conveniente no hacer fotografías en pleno mediodía. La luz
del sol a estas horas es muy dura y hace que los retratados
tengan una sombra pronunciada por debajo de la nariz y en los
ojos. Por la mañana o por la tarde, cuando el sol tiene una
orientación cercana a los cuarenta y cinco grados, es el mejor
momento.
Habitualmente creemos que el sol tiene que estar de frente al
sujeto, pero corremos el riesgo de que éste se encandile y no
relaje su rostro. Resultado final: el retratado saldrá con el
ceño fruncido. Otro error que podemos cometer en esta
situación, es que nuestra sombra, aparezca dentro del
encuadre.
Como primera medida, ubicamos al modelo en el sitio elegido y
lo rodeamos buscando el mejor encuadre y la mejor iluminación.
Luego debemos acercarnos al modelo y medir puntualmente sobre
su rostro. Una vez realizada dicha medición, retrocedemos y
nos re ubicamos en el lugar donde realizaremos la toma. En
este caso no nos preocuparemos por la iluminación del paisaje,
dejando librada al azar la posibilidad de tener detalles en el
fondo.
Medir de esta forma ayuda a conseguir un registro preciso de
los tonos de la piel. Si el sujeto está en sombra y el fondo
iluminado a pleno sol, nunca podremos lograr una buena
fotografía, salvo que usemos un flash de relleno para iluminar
el rostro y fotometreando sobre la intensidad de la luz del
escenario. En el caso de no contar con un flash será
imprescindible trasladar al modelo a un sitio más iluminado.
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