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La habrán advertido los
lectores del "Río Negro" que el Prof. Santiago Polito Belmonte
y yo tenemos ideas bastante distintas de la historia. A Polito
le interesan las verdades inamovibles y no admite opiniones
diferentes de la suya. A mí me interesa lo que la historia nos
enseña acerca del presente y las herramientas que nos brinda
para pensar un mejor futuro. Así nos pasa con la cuestión
mapuche, por ejemplo.
Lamento que Polito me maltrate como a un "cualquiera (que) se
atreve a pontificar sobre temas relacionados con las Ciencias
Sociales", y que en la otra página me tilde de ignorante.
Después de todo yo jamás me atrevería a cuestionar su
erudición y sus largos años de estudios. Pero no quiero seguir
la senda escabrosa de las descalificaciones personales, porque
no le interesan a nadie. Discutamos de historia, por favor.
Los mapuches son originarios de la Araucanía. ¡Vaya
descubrimiento! Salvo en la hipótesis errónea de Latcham, eso
está en cualquier libro o artículo de los que se han escrito
del siglo XVIII para acá. Esto es una verdad histórica de esas
que ya no se discuten. Lo llamativo, digo yo, es que se
insista una y otra vez, en el contexto actual, en que ese
origen araucano es chileno. Polito dice en su última nota que
"son originarios de lo que es hoy la Araucanía, situada en
Chile", cuando lo correcto sería decir que son originarios de
la Araucanía (en realidad, del Gulumapu, llamado "Arauco" o "Araucanía"
por los españoles), situada en lo que es hoy Chile. Parece un
juego de palabras, pero se aclara así algo que es evidente
porque los propios mapuches lo dicen y porque todos lo
sabemos: que su país originario es anterior a Chile y a la
Argentina.
Esto nos lleva al otro punto en que Polito me trata de
ignorante. Dije y reafirmo que la cultura y la presencia
humana mapuches existen en la pampa y en la Patagonia desde
mucho antes de que estos territorios pertenecieran a la
Argentina. Juro que he leído muy atentamente unos cuantos de
los diarios de los viajeros que anduvieron por aquí en los
siglos XVIII y XIX, y todos ellos encontraron mapuches –además
de pehuenches y tehuelches, por supuesto–. Los espacios
pampeano-patagónicos no integraban el Virreinato del Río de la
Plata, por más que en algunos documentos se hayan declarado
las intenciones de que así fuera. Tampoco integraban la
Capitanía General de Chile, por supuesto, que tenía por límite
sur el río Bío Bío.
Nuestros abuelos coloniales sostuvieron a duras penas su
presencia en Carmen de Patagones, aislados en un mundo que
era, por cierto, el de las naciones indígenas soberanas. La
corona española abandonó sus pretensiones sobre la Patagonia
en 1783 y lo reafirmó unos años después. Esto también está
demostrado. El límite sur de la República Argentina se
estableció por ley 215 del año 1867 en los ríos Neuquén y
Negro, ley que hizo efectiva el gobierno de Avellaneda, como
cualquiera sabe, mediante la conquista militar del mal llamado
"desierto", entre 1875 y 1879. Si en 1879 el Estado argentino
llegó al río Negro, es porque antes no estaba aquí, y es tan
obvio que el territorio al sur del Neuquén y Negro fue
conquistado después que me da vergüenza decirlo, porque algún
lector va a sentir ofendida su inteligencia.
El intento de justificar el genocidio diciendo que los
mapuches eran malos y encima chilenos, o que en realidad no
murieron tantos, sería cómico si no fuera realmente trágico.
No hablo "tan ligeramente". Me remito a la definición de
genocidio presente en la Convención para la Prevención y
Sanción del Delito de Genocidio, adoptada por la ONU en 1948 e
incorporada a la Constitución argentina en 1994, que lo define
como la destrucción parcial o total de un grupo étnico, racial
o religioso mediante la matanza, la lesión grave a la
integridad física o mental, el sometimiento intencional a
condiciones que acarreen la destrucción física total o
parcial, las medidas destinadas a impedir los nacimientos o el
traslado forzado de niños fuera del grupo. Todos estos actos
existieron en relación con los pueblos de la pampa y la
Patagonia durante los siglos XIX y XX.
Acuerdo completamente, por fin, en que los verdaderos
beneficiarios del despojo fueron los estancieros viejos y
nuevos y los especuladores de todo tipo. Pero no seamos
ingenuos y sepamos ver que también los que defienden la
conquista armada de la pampa y la Patagonia como si hubiera
sido un derecho o un proceso natural son cómplices
intelectuales.
Ahora bien: ¿por qué tanto revuelo con que si los mapuches son
de este lado o del otro lado, justo cuando estamos reformando
la Constitución del Neuquén y se trata de determinar una mejor
formulación de los derechos de los pueblos originarios? Es
evidente que, para el caso del Neuquén, los pueblos indígenas
–no necesariamente sólo los mapuches– son anteriores a la
provincia, al territorio nacional (que es de 1884) y a la
nación (que es de 1853). Eso es, precisamente, lo que reconoce
la Constitución cuando habla de "preexistencia étnica y
cultural". Pero el problema sobreviene cuando pasamos del
terreno cultural (las tradiciones comunitarias, la lengua,
etc.) a temas que implican otro nivel de poder, como el
terreno jurídico y político. ¿Por qué el Estado no reconoce la
preexistencia también de tradiciones jurídicas indígenas, o de
formas de gobierno y de organización política propias de esas
naciones? Ni hablar de la propiedad de la tierra, porque ahí
tiemblan no sólo los descendientes de los Roca sino los
Benetton, los Lewis, etc. ¿Es ilegítimo que los mapuches, los
tehuelches o quien sea reclamen el respeto también por sus
derechos políticos?
En este escenario móvil del siglo XXI, en el que las formas
tradicionales de la política occidental han estallado (y si no
obsérvese al paradigma de la democracia liberal intentando
imponer su "estilo de vida" por medio del terror), donde
tenemos la extraña sensación de que se cumple la visión de
Túpac Amaru ("volveré y seré millones, y el temblor vendrá
desde abajo", dicen que dijo), cuando la reetnización, es
decir el redescubrimiento de las raíces indígenas por parte de
personas y comunidades enteras, es cosa de todos los días y
hasta tiene su lado frívolo en la moda de "lo étnico", aquí es
donde verdaderamente molesta que los indígenas digan que la
Constitución se queda corta.
Entonces, una de las reacciones posibles es decirles a los
mapuches que no tienen derecho porque son chilenos (cosa que
ellos mismos niegan). Sacarlos del juego. Abortar el reclamo
antes de que sea algo más serio. Otra reacción posible es leer
inteligentemente la historia y la sociedad, escucharlos,
comprender sus razones y caminar juntos los caminos de la
memoria, de la justicia y de la paz. Para que, si hubo una vez
una guerra de frontera y un genocidio, las próximas víctimas
no sean nuestros hijos y nuestros hermanos. Para que
aprendamos y enseñemos de una vez por todas la historia, como
pide Mafalda, "para adelante".
(*) Doctor en Historia de América, Investigador del Conicet y
de la Universidad Nacional del Comahue. |