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HISTORIA

De verdades e intenciones. Fuente: Diario Río Negro. Fecha: 11/5/06.
Por PEDRO NAVARRO FLORIA (*). Especial para "Río Negro".

La habrán advertido los lectores del "Río Negro" que el Prof. Santiago Polito Belmonte y yo tenemos ideas bastante distintas de la historia. A Polito le interesan las verdades inamovibles y no admite opiniones diferentes de la suya. A mí me interesa lo que la historia nos enseña acerca del presente y las herramientas que nos brinda para pensar un mejor futuro. Así nos pasa con la cuestión mapuche, por ejemplo.
Lamento que Polito me maltrate como a un "cualquiera (que) se atreve a pontificar sobre temas relacionados con las Ciencias Sociales", y que en la otra página me tilde de ignorante. Después de todo yo jamás me atrevería a cuestionar su erudición y sus largos años de estudios. Pero no quiero seguir la senda escabrosa de las descalificaciones personales, porque no le interesan a nadie. Discutamos de historia, por favor.
Los mapuches son originarios de la Araucanía. ¡Vaya descubrimiento! Salvo en la hipótesis errónea de Latcham, eso está en cualquier libro o artículo de los que se han escrito del siglo XVIII para acá. Esto es una verdad histórica de esas que ya no se discuten. Lo llamativo, digo yo, es que se insista una y otra vez, en el contexto actual, en que ese origen araucano es chileno. Polito dice en su última nota que "son originarios de lo que es hoy la Araucanía, situada en Chile", cuando lo correcto sería decir que son originarios de la Araucanía (en realidad, del Gulumapu, llamado "Arauco" o "Araucanía" por los españoles), situada en lo que es hoy Chile. Parece un juego de palabras, pero se aclara así algo que es evidente porque los propios mapuches lo dicen y porque todos lo sabemos: que su país originario es anterior a Chile y a la Argentina.
Esto nos lleva al otro punto en que Polito me trata de ignorante. Dije y reafirmo que la cultura y la presencia humana mapuches existen en la pampa y en la Patagonia desde mucho antes de que estos territorios pertenecieran a la Argentina. Juro que he leído muy atentamente unos cuantos de los diarios de los viajeros que anduvieron por aquí en los siglos XVIII y XIX, y todos ellos encontraron mapuches –además de pehuenches y tehuelches, por supuesto–. Los espacios pampeano-patagónicos no integraban el Virreinato del Río de la Plata, por más que en algunos documentos se hayan declarado las intenciones de que así fuera. Tampoco integraban la Capitanía General de Chile, por supuesto, que tenía por límite sur el río Bío Bío.
Nuestros abuelos coloniales sostuvieron a duras penas su presencia en Carmen de Patagones, aislados en un mundo que era, por cierto, el de las naciones indígenas soberanas. La corona española abandonó sus pretensiones sobre la Patagonia en 1783 y lo reafirmó unos años después. Esto también está demostrado. El límite sur de la República Argentina se estableció por ley 215 del año 1867 en los ríos Neuquén y Negro, ley que hizo efectiva el gobierno de Avellaneda, como cualquiera sabe, mediante la conquista militar del mal llamado "desierto", entre 1875 y 1879. Si en 1879 el Estado argentino llegó al río Negro, es porque antes no estaba aquí, y es tan obvio que el territorio al sur del Neuquén y Negro fue conquistado después que me da vergüenza decirlo, porque algún lector va a sentir ofendida su inteligencia.
El intento de justificar el genocidio diciendo que los mapuches eran malos y encima chilenos, o que en realidad no murieron tantos, sería cómico si no fuera realmente trágico. No hablo "tan ligeramente". Me remito a la definición de genocidio presente en la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, adoptada por la ONU en 1948 e incorporada a la Constitución argentina en 1994, que lo define como la destrucción parcial o total de un grupo étnico, racial o religioso mediante la matanza, la lesión grave a la integridad física o mental, el sometimiento intencional a condiciones que acarreen la destrucción física total o parcial, las medidas destinadas a impedir los nacimientos o el traslado forzado de niños fuera del grupo. Todos estos actos existieron en relación con los pueblos de la pampa y la Patagonia durante los siglos XIX y XX.
Acuerdo completamente, por fin, en que los verdaderos beneficiarios del despojo fueron los estancieros viejos y nuevos y los especuladores de todo tipo. Pero no seamos ingenuos y sepamos ver que también los que defienden la conquista armada de la pampa y la Patagonia como si hubiera sido un derecho o un proceso natural son cómplices intelectuales.
Ahora bien: ¿por qué tanto revuelo con que si los mapuches son de este lado o del otro lado, justo cuando estamos reformando la Constitución del Neuquén y se trata de determinar una mejor formulación de los derechos de los pueblos originarios? Es evidente que, para el caso del Neuquén, los pueblos indígenas –no necesariamente sólo los mapuches– son anteriores a la provincia, al territorio nacional (que es de 1884) y a la nación (que es de 1853). Eso es, precisamente, lo que reconoce la Constitución cuando habla de "preexistencia étnica y cultural". Pero el problema sobreviene cuando pasamos del terreno cultural (las tradiciones comunitarias, la lengua, etc.) a temas que implican otro nivel de poder, como el terreno jurídico y político. ¿Por qué el Estado no reconoce la preexistencia también de tradiciones jurídicas indígenas, o de formas de gobierno y de organización política propias de esas naciones? Ni hablar de la propiedad de la tierra, porque ahí tiemblan no sólo los descendientes de los Roca sino los Benetton, los Lewis, etc. ¿Es ilegítimo que los mapuches, los tehuelches o quien sea reclamen el respeto también por sus derechos políticos?
En este escenario móvil del siglo XXI, en el que las formas tradicionales de la política occidental han estallado (y si no obsérvese al paradigma de la democracia liberal intentando imponer su "estilo de vida" por medio del terror), donde tenemos la extraña sensación de que se cumple la visión de Túpac Amaru ("volveré y seré millones, y el temblor vendrá desde abajo", dicen que dijo), cuando la reetnización, es decir el redescubrimiento de las raíces indígenas por parte de personas y comunidades enteras, es cosa de todos los días y hasta tiene su lado frívolo en la moda de "lo étnico", aquí es donde verdaderamente molesta que los indígenas digan que la Constitución se queda corta.
Entonces, una de las reacciones posibles es decirles a los mapuches que no tienen derecho porque son chilenos (cosa que ellos mismos niegan). Sacarlos del juego. Abortar el reclamo antes de que sea algo más serio. Otra reacción posible es leer inteligentemente la historia y la sociedad, escucharlos, comprender sus razones y caminar juntos los caminos de la memoria, de la justicia y de la paz. Para que, si hubo una vez una guerra de frontera y un genocidio, las próximas víctimas no sean nuestros hijos y nuestros hermanos. Para que aprendamos y enseñemos de una vez por todas la historia, como pide Mafalda, "para adelante".

(*) Doctor en Historia de América, Investigador del Conicet y de la Universidad Nacional del Comahue.

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