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Los llamados de la
comunidad internacional a cuidar el medio ambiente, para
frenar lo que aparece como un irreversible camino hacia la
destrucción del planeta, casi nunca se detienen a analizar
hasta qué punto los factores económicos resultan claves en
este apocalíptico proceso. La contradicción entre
equilibrio ecológico y desarrollo económico es, quizás,
uno de los mayores obstáculos a superar en esta carrera
por la supervivencia de la especie.
Los países más poderosos difícilmente promoverán
transformaciones tecnológicas que impliquen un posible
cambio de sus posiciones dominantes, al tiempo que los más
pobres tienen todos sus esfuerzos orientados hacia la
supervivencia, por lo que resulta utópico esperar un mayor
nivel de compromiso de su parte.
“Se impone una verdadera revolución cultural. Nos
encontramos ante el problema más significativo que la
especie humana ha tenido que enfrentar en su historia”,
sostiene el investigador Rubén Berenblum en “Historia de
la Economía, del paleolítico a internet”.
Para el especialista en historia económica y social,
existe una visión optimista de esta crisis ambiental que,
parafraseando la célebre expresión de Adam Smith, confía
en una supuesta “mano invisible de la ecología”.
Según este planteo, “los costos de producir
antiecológicamente serán tan altos que las soluciones
destinadas a terminar con el peligro representado por la
destrucción de la naturaleza, emergerán de los
laboratorios, universidades e instituciones destinadas a
la investigación científica y tecnológica, no como mandato
cultural impuesto por los movimientos verdes, a contramano
de los deseos e intereses de los empresarios, sino como la
natural búsqueda de maximización de beneficios propia del
sistema capitalista”.
“El agotamiento de los combustibles fósiles – agrega - y
su reemplazo por formas de la producción, conducción y o
utilización de la energía, consideras inertes o menos
agresivas para la preservación del medio ambiente y la
extensión de las llamadas industrias limpias, configurarán
con el tiempo una nueva situación superadora de los
actuales problemas”.
No obstante, la posibilidad que esta “mano invisible
ecológica” sea la que finalmente resuelva la crisis
ambiental planetaria parece muy lejana, a juzgar por la
postura de los principales responsables de la destrucción
del equilibrio ecológico, es decir, países como Estados
Unidos, Japón y los europeos. “Difícilmente auspiciarán y
promoverán transformaciones tecnológicas cuya evolución no
se efectúe de manera de garantizarse a sí mismos una
continuidad del actual statu quo tanto económico como
militar”, explica Berenblum, recordando que el fracaso del
Tratado de Kyoto, de 1997, es la mejor prueba.
En el otro extremo del ordenamiento económico mundial se
encuentran las naciones más postergadas. “Hablar de
problemas ecológicos en aquellas todavía extendidas
regiones del planeta en las que persisten las graves
carencias alimenticias y sanitarias de la extrema pobreza
y la exclusión, aunque se vea justificado en una visión
integrada del dilema planetario, resulta incomprensible
para los que viven de economías de subsistencia, por más
agresoras del medio ambiente que sean”, indica.
En “Historia económica mundial, del paleolítico a
Internet” (Emecé), prestigiosos autores argentinos y
españoles plantean una revisión de la economía y su
relación con los fenómenos que caracterizaron las
distintas etapas de la humanidad.
En este marco, Berenblum concluye que “la superación de la
contradicción entre equilibrio ecológico y desarrollo
económico no se encuentra pues a la vista ni será
seguramente resultado de la espontánea evolución de los
mercados".
Habrá que ayudar a la “mano invisible ecológica”… o será
demasiado tarde. |